lunes, 12 de octubre de 2009

Necesito que me des de hostia como tu zorra, que seas mi macarra



Adela engañaba a Samuel. Era una mujer muy sensual y ninfómana, que necesitaba polla constantemente y Samuel no se la daba porque por motivos laborales andaba siempre muy ocupado y desentendía a su mujer. Ella además era algo sumisa y le gustaba sentirse usada y follada por un macho de verdad. Samuel no lo era porque tenía un carácter suave, débil y se comportaba con ella de una forma muy cariñosa y casi servil. Y a ella le gustaban los machos duros, fuertes, que la follaran y trabajaran con severidad.

Adela tenía dos amantes: uno en su mismo edificio que follaba con ella cuando Samuel se iba al trabajo y otro con el que se acostaba en un hotel. Los dos eran fuertes y macarras, lo que a ella la excitaba mucho porque lo que más lo ponía era sentirse usada, follada y muy puta. Con ellos lo conseguía, pero no con Samuel, con el que una vez quiso simular algo así, que se comportara con ella firme y le diera duro, pero él sólo le pudo dar su cariño y su amor.

Por eso cuando Samuel se enteró de que Adela lo engañaba no le dijo nada. La amaba demasiado como para reprocharle nada y además no quería perderla. Sabía que si le decía que él lo sabía, ella le pediría el divorcio y él quería seguir con ella. Se convirtió entonces en un cornudo silencioso que hacia la vista gorda a las salidas de su mujer, a la extraña manchas blancas que encontraba a veces en sus bragas y a los nervios de ella cuando recibía ciertas llamadas.

Pero calló y aguantó, porque según me contó un día, en una ocasión que llegó a casa antes de tiempo y la vio en la cama follando con el vecino del edificio, se ocultó para no molestarla, procuró que no lo vieran y siguió allí escondido tras la puerta y mirando por la rendija. Estaba excitado. Sentía un cierto dolor al saberse engañado, pero tenía su polla dura. Samuel no tenía una polla grande, sino más bien normalita, tirando para pequeña y el amante de su mujer la tenía enorme. Enorme comparada con la suya, porque mientras entraba y salía del coño de su mujer que estaba a cuatro patas, vio que no le entraba entera, que un trozo grande se quedaba sin entrar en su coño porque no le cabía. Y ella lo gozaba. Lo gozaba porque gemía suspira y gozaba como jamás lo había hecho con él.

Estaba como loca mientras follaba con su amante y él se excitó mucho al verla gozar. Y se masturbó y se corrió mientras su mujer le ponía los cuernos y se marchó de la casa para darles tiempo y que siguieran. Pero Samuel temía que su mujer se enamorara de sus amantes, que lo dejara por alguno de ellos y por eso contactó conmigo. Sabía que ella era algo sumisa, que le gustaba sentirse dominada y por eso, si la ponía en manos de un macho duro que el diera caña y la sometiera, jamás se iría con otro. Por eso contacto conmigo. Quería que la hiciera mi sumisa para tenerla controlada, para que sólo follara conmigo y dejara a los otros dos. A mí me conocía, sabía que era de fiar y que nunca le haría daño.

Y así fue como me presentí a su mujer; una tía jamona, con curvas, unas buenas tetas y muy puta. Lo supe enseguida porque mientras cenábamos (él me presentó como un amigo del colegioa), ella me sonreía y se pasaba la lengua por los labios. Quería guerra. Y se la iba a dar.

Así que cuando fuimos a su casa y su marido pretexto una excusa para marcharse, le cogí de las mano, se las sujeté a la espalda y la bese. Le gustaba sentirse dominada, poseída y lo noté enseguida porque me metió la lengua en la boca, subió la rodilla entre mis piernas y me acarició la entrepierna. Así que le manosee el culo y le di un azote. Y ella me musitó al oído que pegaba como los niños. Y entonces le di dos más fuertes y volvió a provocarme diciéndome que era un mariquita pegando, que ella conocía a machos más duros que yo y que no valía como hombre.

Quería guerra y me solté, desde luego, porque le di una hostia muy fuerte que le volteó la cara y ella en vez de enfadarse, se arrodilló y me bajó la bragueta para chupármela. Así que le cogí la cabeza con las dos manos y me folle su boca con vehemencia, mientras ella me la apretaba y salivaba por las comisuras. Estaba gozando, porque cuando le saqué la polla de la boca para no correrme, le toqué el coño y estaba encharcado. Tenía la braga completamente mojada. Y entonces la cogí en brazos, me la llevé a la cama y comencé a follármela a lo bestia, como ella quería.
- Tengo ganas de darte de hostias, pero temo que te guste.
- ¿Crees que me gustará?
- Estoy seguro, eres demasiado puta y zorrón como para que no te guste.
- No tienes cojones para pegarme; hay que ser muy hombre para hacerlo.

Y di dos hostias que le cruzaron la cara y ella no sólo que no hizo gestos para evitarlas, sino que me sonrío y se lamió los labios.
- Así pega un marica, no un macho de verdad -me dijo insolente.

Y entonces le dio dos hostias más, y luego otras dos, y otras dos, aunque las fui espaciándolas para que las disfrutara, mientras la seguía follando con vehemencia, pues por los jugos de su coño noté que la muy puta se excitaba con las hostias.
- Pégame más, cabrón, zúrrale a tu puta

Y la zurre, vaya que sí, porque seguí dándole de hostias hasta que se corrió como una bestia dando gritos y alaridos. Había gozado como una zorra y se quedó allí medio desmayada, suspirando entrecortada y gozando de sucesivos orgasmos. Además de ninfómana era multiorgásmica, la muy puta. Y cuando se recuperó comencé a vestirme para marcharme, pero antes de que saliera de la habitación, se arrodilló delante de mí, se abrazó a mis piernas y me suplicó que no la dejara, que quería seguir, que quería seguir gozando, que le gustaba como la trataba y que quería más. Que estaba dispuesta a todo con tal de no perderme.

Pero yo tenía que irme y no pensaba volver a verla, porque no me parecía lo suficientemente puta. Eso le dije, pero ella me cogió las manos, me las besó y me suplicó que no la dejara, que sería mi esclava, que haría todo lo que yo quisiera, pero que no la dejara porque conmigo había gozado como jamás lo había hecho en su vida. Se había desmayado de placer, porque un hombre como yo, era lo que ella necesitaba y lo que iba buscando desde hacía años. Tenía dos amantes, pero ninguno le daba lo que yo.
- Quieres que te dé caña más a menudo.
- Sí, lo necesito, por favor, te lo suplico. Necesito que me sometas como una puta, que me des de hostia como tu zorra, que seas mi macarra.
- De acuerdo, pero has de dejarte a eso dos tíos.
- Mañana mismo los mando a la mierda, pero no me dejes, por favor. Te lo suplico.

Y no la dejé. De acuerdo con su marido iba a su casa dos veces a la semana para follarla y darle caña, mientras su marido miraba escondido tras la puerta. Con el tiempo Adela se lo confesó a su marido y él se enfado un poco, no mucho, y le dijo que lo aceptaba si él estaba presente. Y ella dijo que sí. Así que dos veces por semana acudía su piso y le daba caña a ella mientras él se masturbaba y se corría al ver a su mujer tratada como una zorra. Como una puta, como la puta zorra que era y quería sentirse.

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