martes, 12 de febrero de 2013

Soy feliz. No te he perdido


Estábamos en la cena de empresa. Yo me había levantado a por unas copas y él se acercó a ti por detrás. Y te puso la mano en el cuello. Lo vi normal. Es tu jefe. Pero cuando tú le cogiste la mano con la tuya supe que había algo más. Esa noche no regresaste a casa por la noche, conmigo. Me dijiste que tenías que volver a la oficina para hacer un trabajo urgente. Primero saliste tú. Luego salió él.

No volviste en toda la noche. Al día siguiente, por la mañana, regresaste a casa con la ropa arrugada, la falda levantada, las medidas rotas. Yo me enfadé. Te dije que no podía permitir esa actitud tuya porque era humillante. Tú me dijiste que tenía razón y que me dejabas. Me dejabas por él. No querías hacerme más daño. Eras su amante desde hacía tiempo y no querías herir más mis sentimientos. Lo sentías y lo mejor que podíamos hacer era separarnos. Divorciarnos. Me dijiste que yo me quedaría con los niños, que no reclamarías nada en el juzgado, que no quería ni dinero, ni nada. Sólo irte para no hacerme sufrir.

Yo me eché a llorar. Tú también lloraste y me dijiste que lo sentías mientras me dabas un beso en las mejillas y te ibas a recoger tus cosas, tu ropa. Yo no supe qué hacer. Te quería y te quiero. Así que fui a la habitación y te dije que te perdonaba, que lo sentía, pero que no podía vivir sin ti.
- Lo siento, pero no puedo dejarlo -me dijiste. No puedo dejar de follar con él. Sólo es cogerme la mano y se me moja el coño. Me puede.
- No me importa, pero por favor no me dejes.
- ¿No te importa ser cornudo?
- Lo que sea con tal de no perderte.
- Entonces besa mis pies.

Y lo hice con devoción. Y no te perdí. Desde entonces cuando vienes de la oficina a horas intempestivas, a veces de madrugada, te sientas en el sofá y yo acudo solícito a besarte los pies para darte la bienvenida. Y luego tú te vas a la habitación y me entregas tus bragas, llenas de su semen, para que me consuele con ellas en mi cama del cuarto de invitados.

Porque desde entonces no dormimos juntos. Él no quiere. Tampoco quiere que te bese o que te lama el coño si antes no ha sido follado y mojado con su semen. Y cuando esto ocurre yo te lamo con fruición y luego, me voy a mi cuarto con el sabor de vuestra excitación y placer en mi boca. Es el único consuelo que me queda.

Tampoco recibo tus caricias. Desde que estáis juntos, tu amante y tú planificáis mi vida sexual. Así que llevo bragas y un cinturón de castidad que sólo me quitas una vez al mes para que me corra sobre un plato. En el suelo.

Mi placer está controlado por tu macho porque él tiene la llave de mi cinturón y decide cuándo he de correrme y tener placer.  Cuando viene a casa os sirvo las bebidas vestido con mi cinturón y mis braguitas, os preparo la cama y me quedo al otro lado de la puerta por si me necesitáis para que os traiga algo. Tú  eres muy buena conmigo, te apiadas de mi y dejas la puerta abierta para que pueda atisbar y oír cómo me poner los cuernos, como gozas con él, como te corres y te acuerdas de mi, porque de vez en cuando dices mi nombre y añades: !cornudo!.

Y soy feliz. No te he perdido, amor mío.

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